domingo, 18 de octubre de 2015

bajo cero

Noche de diciembre . 
Cerveza fría. Pensamientos cálidos. 
10 grados por fuera, -5 por dentro. Escuchando canciones de amor que me estresan. Que se me meten dentro, pero no me regalan gemidos, si no falsas promesas.
Ducha fría. Agua caliente. Me desnudo. Con cuidado. Como nunca me han desnudado.
Con la paciencia de un sordo que desliza sus dedos con cuidado, aprovechando la vista para ver si así puede oírme suspirar. Aunque sea un instante. Aunque sea una vida.
Con la paciencia de un ciego que llora por que no puede verte, escuchando el roce de sus dedos con la ropa, escuchando como choca contra el suelo.
El suelo de la ducha está frío. Mis pies están helados. Pero mi alma está caliente. La vida está menguando, pero la luna me sonríe, llena. Como reprochándome.
Abro el agua. Y la dejo caer directamente sobre mi cabeza. Lanzo un gemido. 
Un gemido de sorpresa, de placer ante el cambio de temperatura, suelto un gemido de miedo, 
de desesperación, 
de incoherencia. 
De rabia.

Pienso en la lluvía. En lloverme. 
En como cada toque de agua se mezcla entre mis labios, cayendo muy poca de ella por mi garganta, para hacerme notar la sensación, pero luego quitármela. 
Acaricio el aire con los dedos. 
Pensando en compañía, pensando en lo que no tengo.

Elijo un gel de limón. Los limones son dulces y amargos. Yo soy dulce y amarga. 
De las que te regalan un beso para luego arañarte por la espalda. 

Me rozo, me acaricio, de nuevo pienso en el ciego, que no puede mirarme, solo imaginarme.
De repente pienso en el sordo, que puede mirarme, pero no podría escuchar el sonido de sus manos acariciándome. 

El ciego penetrándome con sus manos y el sordo con sus ojos.

Me apoyo en la pared. 
Está fría. 
Hoy es una noche de contrastes. 
Hoy es una noche de eses. 
Sudor, 
soledad,
sentimientos, 
sensaciones,
sonidos, 
sordos, 
sexo.

Hoy es una noche de amor abandonado, inquieto por que quiere dejarse adoptar.

Me siento llorar. 
Despacio, como queriendo disfrutar del momento, para que no se acabe, para que no me lo quiten. Sabor indescriptible del agua salada por mi llanto.

Noto mis lágrimas casi llegando a mis pezones, uno de los pocos lugares que esta noche no están tristes.
Salgo. 
Me seco. Noto la textura. Me encantan las texturas. La sensación de una textura agria, 
dura,
que raspa, 
rozándose por mi piel. 
Joder, me encanta sentir. 
Me encanta vivir. 
Que no se me olvide nunca, me digo. 
Toco la cama,
 ya se me ha olvidado.

Es temprano. Soy nocturna. Me llega a los ojos, como saludándome, como abrazándome. 
Por favor,
abrázame, 
esta noche lo necesito.

Siento mis ojos cerrarse, siento el pelo mojado.
 La almohada humeante. 
Siento los sueños llegando.
Por fin pequeños, no sabéis cuanto os he añorado.
Me despido del insomnio, esta noche no me vale. 

Me bajo del mundo, que hoy se me quedo pequeño, y me dejo llevar. 
Por mundos de tinieblas, 
por mundos de lujuria, 
por mundos de esperanza
y por mundos de mierda.

Desgárrame el alma. 
Pero arréglamela luego. 
Regálame madrugadas y por las noches régalame sueños. 

Me relajo por fin. 

Parece que hoy hago tarde.
Lo dicen las voces de la calle.
Autobuses que pasan para arroparme. 

Me duermo tranquila, 
como me dormía mi padre. 
Necesito un vientre,
quiero volver a mi madre.

domingo, 4 de octubre de 2015

la nada y el no

después de años de espera por fin la soledad se convierte en mi fiel compañera. me escondo entre los árboles y no espero que me busque nadie, me asomo a los ríos y mi reflejo es el único que aparece como dibujado en el agua, lo muevo con un dedo, lo deformo, le sonrío al riachuelo y salto para romper mi imagen con la fuerza de mis pies.

no me dan miedo los animales, solo las personas, que se acercan distraídas como no queriendo nada y al final lo acaban queriendo todo. y mi todo es mi nada, y si mi nada refleja mi alma al final no tengo que decir ni demostrar lo que los demás necesitan pues no hay nada que darles, solo mi cuerpo, lo demás me lo quedo para mi, para las hojas que quemaré un día si me vuelven a cortar la luz, si el frío aprieta, si le he dado las sabanas a la vecina por que unos capullos se las han robado. 

no hay nada que pueda hacerme retroceder en el tiempo y el recuerdo solo refleja la fé de el mentiroso, que se encierra entre sus propias tinieblas para rebobinar una y otra vez la cinta de una película que pasó de color a blanco y negro y no va a volver a retomar su luz. ¿de qué sirve volver a ver una y otra vez la misma escena? al final la cinta se quema, nos quemamos, ardemos, quizás por eso lo hacemos, por ser solo cenizas que acaban en algún vertedero sin que nadie quiera ir a buscarlas.

¿no viene el viento y se lleva el último papel que te queda para liar el cigarro? y llueve, se moja, irrecuperable, pero volvemos a meterlo entre nuestras manos, con la esperanza de que la huida no haya significado la perdida, el papel se seca, pero ya no prende igual, se apaga más veces, y al final acabas dejando ese cigarro de lado para encenderlo cuando se te haya acabado el resto del tabaco. 

¿si somos eternos por qué acabamos todos enterrados en la nada? no somos más que esqueletos cubiertos de una piel que no eligieron, que les otorgó la naturaleza con el fin de joderlos, algunos lo llevan mejor, otros se suicidan por ello.

mi nada y mi no forman mi nube, quizás gris, quizás lanza truenos devastadores que se llevan por delante lo que encuentran, pero es lo que soy, es lo que tengo, la nada y el no. el eterno desierto.




El día que descubrí que mi madre tenía cáncer y que "la chica en la ventana" era mi cuadro favorito.



Supongo que todos tenemos días mejores y peores en nuestras vidas, que con frecuencia tendemos a recordar, en ocasiones a sabiendas de que nos hará daño o que por lo contrario, nos ayudaran a sonreír. 

Hoy me acordé de algo muy concreto, de un día de esos que jamás se olvidan, de los que nunca te hacen sonreír. Supongo que llevo algunas semanas en las que todos los recuerdos de mi infancia me golpean con tanta fuerza que parece mentira que hayan pasado hace tanto tiempo. Tenía 11 años.

El día del que hoy estoy hablando hacía un frío tremendo. Estaba cerca de llegar la navidad, lo recuerdo por qué tenía esa ilusión tan bonita que te mantiene el corazón bien calentito. Por qué olía a chocolate caliente por la calle y también a castañas asadas, era invierno y lo notaban mis huesos y mi nariz. Era invierno porqué para cenar tenía sopa de letras y para dormir me tapaba con la manta hasta el cuello, no queriendo salir de la cama por la mañana.

Ese día era Viernes, y como todos los viernes mi abuela me llevaba al centro de Valencia en autobús, el 19, sobre las seis de la tarde, a dar una vuelta y a la librería París, situada en la plaza de la virgen, una de las más bonitas de Valencia, escogía el libro que mas me gustaba y después siempre íbamos a la misma cafetería, en ella yo abría el libro y empezaba a leerlo, y mi abuela siempre se quedaba mirándome o acariciándome el pelo, si hacia frío pedíamos un chocolate caliente y si por lo contrario, era verano, nos dejábamos llenar el estómago con un delicioso helado artesanal. Esa era mi rutina desde pequeña todos los viernes, y aún hoy, 11 años después, sigo queriendo volver a esos momentos que como he dicho antes, te mantenían el corazón muy calentito.

Pero nadie me avisó de que aquel día iba a ser diferente, supongo que nadie te avisa de cuando las cosas pueden cambiar drásticamente, de como el mundo puede darte un batacazo cuando ni siquiera sabes lo que es la vida y a que te estás enfrentando viviendo. Pero, como sabría después, la vida me estaba preparando un montón de escalones de este tipo, que finalmente me convertirían en la persona que soy hoy.

El libro que elegí ese Viernes de Diciembre era "Los pilares de la tierra" de Ken Follett, lo recuerdo tan bien por qué era tan pesado que casi no podía mantenerlo en las manos. Lo puse sobre la mesa de la cafetería y empecé a leer con mi abuela removiéndome el chocolate. Me encantaba todo de los viernes, el sonido de la radio de la cafetería, el olor de la ropa de mi abuela a colonia y el olor de sus manos a polvos de talco, el sonido chirriante de la puerta al cerrarse, la voz grave del camarero, era todo un conjunto de detalles que siempre me pareció maravilloso, así como el conjunto de cuadros que rodeaban todas las mesas. No recuerdo el día que elegimos ese sitio, pero si recuerdo como un día queriendo volver para recordar viejos tiempos vi que la crisis lo había hecho desaparecer y que ahora su sitio pertenecía a la conocida cadena de Cafés Valiente.

De repente, aun enfrascada en mi nueva adquisición, escuché ese chirrido de la puerta, y a continuación vi entrar a mi abuelo por ella, tenía la cara tan blanca y los ojos tan rojos que inocentemente me recuerdo pensando que debía de hacer muchísimo frío fuera. Os definiré un poco a mi abuelo para poneros en situación. Mi abuelo siempre ha sido una persona peculiar, con una personalidad increíblemente extraña para alguien de su edad, un bohemio pintor, y un apasionado de la escritura y la tecnología. Por aquel entones, aunque había pocos, mi abuelo ya poseía un teléfono móvil, seguramente el mas moderno de la época. Mi abuelo siempre fue una persona con una sensibilidad especial pero no para evaluar el momento y que se debe decir o callar delante de una niña de 11 años. Mi abuelo siempre nos dejaba a mi abuela y a mi solas en nuestros viernes, pero siempre sabía donde estábamos, pero no recuerdo ningún otro día que viniera a visitarnos o a ver que estábamos haciendo, solo ese, un frío día de diciembre.

Yo me quede quieta, con mis piernas colgando de la silla. Ese día llevaba unas botas negras, una medias grises y un vestido rojo oscuro de Charanga. Mi abuela se levanto de un salto de la silla al ver a mi abuelo entrar a trompicones, en ese momento supe que pasaba algo, supe que mi abuelo venía así por algo, y un instinto me hizo coger la bufanda que tenía colgada en la silla, algo me decía que tendría que salir corriendo.

-Acabadellamarlaniñadelmedicotienecáncer.- Mi abuelo formuló todas las palabras juntas como si las vomitara y después se dejó caer en la silla. En mi cerebro se repetían una y otra vez las palabras que había dicho mi abuelo, yo sabia lo que significaba eso, mi madre estaba enferma. Y no era un catarro o una pierna rota, mi madre tenia una enfermedad que en muchos casos se volvía mortal. ¿Mi madre iba a morir? No podía ser, era la persona que más quería en el mundo junto con mi padre. De repente un chip en mi cabeza saltó, y fue un chip que me acompañó durante muchos años, ese fue el día en el que aprendí a desconectar del mundo, en el que me perdí para mucho tiempo, volviéndome una niña huidiza, tímida, miedosa y extremadamente sensible (años después un psicólogo me hablaría de la hiperempatia, una "enfermedad" psicológica que me convertía en alguien tan extremadamente sensible y con tal capacidad para ponerse en el lugar de los demás que podría traerme grandes problemas, ya que seguramente, sufriría mucho más que una persona normal.) Ese chip me hizo perderme en ese momento, solo escuchaba los llantos ahogados de mi abuela, el camarero de la voz grave viniendo corriendo a sentarse a su lado, preguntando si necesitaba algo, mi abuelo arrodillado en el suelo sujetando las manos de mi abuela, todo eso lo recuerdo como si fuera algo borroso, como si la gente que había a mi alrededor fueran sombras que no tenían nada que ver conmigo.

En un momento que no sabría identificar, alguien me cogió en brazos y me llevó a una salita lejos de mi familia, hoy por hoy estoy convencida de que era el despacho del jefe de la cafetería. Me sentó en una silla de cuero negro enorme enfrente de un escritorio que daba a la pared, estuve ahí durante mucho tiempo (o eso me pareció), pero de repente me dio por levantar la vista y allí me encontré un cuadro de tonos azules y marrones, cálido, con una chica mirando por una ventana que daba al mar, no puedo explicar lo que fue eso para mi, solo que me quede durante todo el tiempo restante mirando ese cuadro, pensando en como sería estar en ese momento en la situación de aquella chica, mirando al mar, casi podía oler la brisa mezclada con la sal, podía sentir el fresco, me trasladé muy lejos en aquel momento, se me encogió el corazón y empecé a llorar, de repente salí del shock, preguntándome que era lo que estaba pasando, salí corriendo, como perdida, para reunirme de nuevo con mis abuelos, pero no podía quitarme de la cabeza aquel cuadro. Aquella chica en la que quería convertirme en aquel momento. La muchacha en la ventana.

Todavía recuerdo todos aquellos sentimientos con la capacidad de volver atrás en el tiempo y sentirme como aquella niña que de repente dejo de crecer a un ritmo normal. Alguien que con 11 años se convirtió en mujer.

Todos los días doy gracias a la gente que curó a mi madre por hacer que hoy por hoy (aunque realmente enferma) siga manteniéndose a mi lado. Por qué no puedo imaginar que habría sido de mi adolescencia sin ella a mi lado, tapándome por las noches, dándome grandes consejos (que por supesto no obedecí) y enseñándome que al final el amor puede ser lo más maravilloso de todo.

Hubo una gran cantidad de momentos horribles en mi vida desde los 11 a los 18 años, en los que quise tirar la toalla, en los que pensé mas de una vez en desaparecer e incluso en los que estuve a punto de perderme para siempre. Pero sin embargo aquí estoy, asomándome a la ventana o escapándome al mar cuando todavía resurgen aquellos sentimientos que me hacen tener ganas de correr. Y con algunas personas, todavía a mi lado, que hicieron toda esa época mas fácil.

El día que me independicé y me fui a vivir a Madrid, supe que el mar estaba demasiado lejos. Fue al principio de llegar a aquella gran ciudad cuando mis padres me sorprendieron con una sorpresa. Querían regalarme el cuadro de Dalí, "Muchacha en la ventana". Siempre aciertan con sus regalos, como la maleta que me regalaron con 14 años con el mensaje claro de que sabían que no acabaría en Valencia, que mi destino estaba lejos de allí. Supongo que al final mis padres son aquellos que siempre han tenido claro quien y como soy.

Casi todas las mañanas me perdía aunque fueran diez minutos en los colores de Dalí, lo tenía enfrente de la cama, y para muchos sera algo que no tenga gran importancia, un mal recuerdo, algo que otras personas querrían olvidar. Pero a mi me recordaba todos los días todo lo que he pasado en mi vida para llegar a ser quien soy, todos mis errores y aciertos, muchos momentos bonitos y horribles, tantas lágrimas que podrían llenar el mar que mira la muchacha, pero sobretodo me recuerda el mensaje que durante años he tardado en asimilar, la importancia del amor.

Y aunque yo no me quiero nada, lucho cada día por conseguir que ese sentimiento cambié, sabiendo que llegara el momento el que mire el cuadro de Dalí que en su momento me hizo perderme durante largos minutos y me sentiré tranquila, oliendo el mar desde Madrid o dónde sea que me encuentre, haya o no mar, en mi propia marisma, sabiendo que los malos momentos pasan, vuelven, te recuperan y te forman, y que por muy lejos que pueda llegar a estar de sentirme bien siempre habrá algo que me acompañara, el amor que siempre tengo ganas de dar a la poca gente que me importa, a la poca gente que me cuida y me intenta enseñar lo bonita que puede ser la llama del mechero al encender el cigarro o la rama de un árbol que cae al suelo tras ser atacado por un rayo.